Yavorov

Peyo Totev Kracholov, conocido por el seudónimo Yavorov, nació el primer día de 1878 en Chirpan. Estudió en su ciudad natal y en Plovdiv. Siendo aún estudiante, se convirtió en telegrafista y ejerció esta profesión hasta 1898

Desde principios del siglo XX, residió en Sofía. Fue miembro del círculo literario “Misl” (Pensamiento), formado en torno a la revista homónima. Pencho Slaveykov le dio el seudónimo Yavorov y el joven chirpano se incorporó rápidamente a la vida literaria de la capital. Trabajó en la Biblioteca Nacional y, desde 1908, fue secretario artístico del Teatro Nacional.

Macedonia fue el gran amor del poeta y revolucionario Peyo Yavorov. A principios de 1902, viajó allí por primera vez como guerrillero (chetnik). Diez años después, al estallar la Guerra de los Balcanes, se unió como voluntario a los Voluntarios Macedonio-Adriáticos y dirigió el destacamento número 15.

Tras la fundación de la Organización Revolucionaria Interna Macedonio-Adriática, a principios del siglo XX, Peyo Yavorov fue uno de los combatientes más activos.

Tanto Yavorov como toda su generación estuvieron vinculados al Movimiento Revolucionario Macedonio. Se inspiraron en la idea de liberar estas tierras búlgaras de la esclavitud otomana. Así lo afirma Ivo Miltenov, conservador de la Casa Museo Yavorov en Sofía.

Durante su corta vida dramática, el artista creó obras notables en los tres géneros literarios. Además de los libros de poesía “Poemas” (1901), “Insomnes” (1907) y “Tras las sombras de las nubes” (1910), Yavorov es autor de una biografía de Gotse Delchev y de memorias sobre Macedonia – “Hajdushki kopeniya”, así como de dos dramas: “A los pies de Vitosha” y “Cuando el trueno golpea, cómo se desvanece el eco”.

UN COMIENZO ALEGRE (texto de Yavorov)

Relataré el entretenido comienzo de mi carrera “heroica”, deteniéndome en aquel alegre y triste 10 de febrero de 1902.

Habíamos cruzado la frontera hacía apenas tres o cuatro días y viajábamos hacia el interior. Esa noche, al amanecer, llegamos al pueblo de Garleno (distrito de Kochan): 13 personas, un numero fatal. Una casa en una colina pelada, junto con un granero y un chiquero, formaban un barrio rural independiente, a media o hasta una hora de distancia de los demás barrios. Ya era mediodía. Habíamos dormido. y todos hacíamos ruido entre el humo del fuego y los cigarrillos. Uno se vestía, otro arreglaba su tsarvuli, un tercero limpiaba un fusil, un cuarto contaba chistes o tarareaba una canción. De repente, nuestro camarada Grigor Popov, oriundo de Razgrad, irrumpió en la habitación con la faja desatada colgando alrededor del cuello.

– ¡Caballería!, ¡Caballería turca!

Muy sorprendidos, nos arreglamos en medio minuto. Una anciana, la patrona, irrumpió

– ¡Dios mío, nos van a quemar! ¡Dios mío, los turcos, Dios mío!…

Salimos en patota y arrastrándonos nos posicionamos a veinte o treinta pasos de la casa, detrás de grandes bloques de piedra esparcidos por todas partes, como si hubieran sido preparados a propósito para nosotros. Al este y al norte se abría una amplia llanura, de la que nos separaba un pequeño pero abismal río. Al oeste y al sur, se alzaban alturas desnudas y boscosas. El enemigo emergió de sus pliegues incluso antes de que nos hubiéramos instalado tras las piedras. Eran nueve severos Arnauts que ataron sus caballos detrás de la casa y entraron donde nos habíamos alojado hacía dos minutos. Con el temor de ser atacados, nos arrastramos -uno por aquí, otro por allá- por las posiciones vecinas y compartimos impresiones, desconciertos y suposiciones. Aquí está conmigo Vasil Popov, oriundo de Stara Zagora, un joven de 24 o 25 años, ex maestro de las aldeas macedonias, que se separará en Maleshevo con algunos jóvenes como voivoda regional y agitador. Yo miro mi reloj.

– ¿Qué hora es? – pregunta él.

– Las 2:40.

– Mmm… temprano. Si nos visualizan, tendrán tiempo de llamar al ejército.

Pero yo pienso en otra cosa:

– ¡Vaska!

– ¿Qué?

– Si me matan, mira lo que te voy a pedir. Si me matan… ¡No quiero que mi reloj caiga en manos turcas! Además, no es mío, me lo dieron para usarlo temporalmente… ¿Sabes? ¡Este reloj lo habían comprado en 1880 por 84 levas!

– ¡Guau! ¡A verlo!

– Es de otra persona, y no me di cuenta, tendría que devolverlo. Así que, si me matan, aquí está, lo encontrarás aquí, adentro de mi abrigo. Cuando vayas a Bulgaria, lo devolverás…

– ¿Y a quién?

Ya te digo la dirección.

– ¡Lo olvidaré! – responde Vasil con la mayor seriedad.

– Dame el anotador.

¡Pobre Vasil! No sabía en ese cómico momento que un día me reiría amargamente, porque me reiría solo. Un año después, nosotros otra vez vagábamos por Macedonia: yo por este lado, él por el otro del Vardar. Una noche de primavera, así también con camaradas, Vasil fue sorprendido por los turcos en la aldea Banitsa cerca de Bitola.

La descarga enemiga lo alcanzó al salir de la puerta de casa y cayó, atravesado por varias balas.

Al cabo de un rato apareció el dueño, persiguiendo gallinas invisibles. Con esa cautela, se acercó y nos dijo que los Arnauts se habían sentado a comer. Una mochila, la de Grigor, y una daga, no recuerdo de quién, quedaron olvidadas en la casa. La abuela las había guardado delante de los Arnauts. Mirando a su alrededor entre el humo del tabaco aún sin dispersarse, ellos como bromeando dijeron:

-Abuela, no son gente buena los que andan por ahí… Enciende, enciende el fuego, traiga unos huevos…

Con casi la misma fuerza que nosotros, el enemigo no se atrevió a atacarnos y fingió no ver nada. Y nosotros partimos por las orillas del río, dejando solo a Nikola Savov, de Belogradchik, un ex sargento mayor, con una chaqueta larga y un sombrero de cuero, parecido a un pastor, en la orilla para observar. A lo lejos, en el campo, cruzaban peatones, y a doscientos pasos de nosotros, pasó un turco a caballo. Pero nadie nos vio. Savov maniobraba arriba y comandaba el movimiento:

-Más silencio, me parece ver algo en el matorral. Rápido adelante, no hay nada… Oye, anda gente por ahí… Esperemos a ver adónde van…

Por desgracia, un mes después, Savov murió junto con seis camaradas casi en el mismo lugar. Rodeado por un gran ejército, no tuvo la suerte de llevar a su compañía a salvo, como a nosotros ahora.

A las cinco, ya al anochecer, llegamos a otro barrio de Garlen en una colina pelada: otra vez una casa, un granero y un redil. Allí encontramos harina de maíz, la escaldamos en agua salada, la bebimos rápidamente y partimos hacia otra aldea.

Nuestra fila serpenteaba entre las brumas nocturnas en las colinas como una guadaña. Después de dos o tres horas, el agotamiento era generalizado. Alcanzamos una altura que me pareció interminable. Sin que sea dolor, sentía la pierna izquierda entumecida y difícil de mover. Sentía la parte superior del muslo hinchada y dura.

– ¡Esto fue el colmo! ¡Vaska!…

– ¡Uf, nos matamos hoy! -murmura mi amigo y respira hondo-. ¿Estás cansado?

– ¡Deja el cansancio, hay algo mucho peor! -Anuncio con desesperación.

-¿Eh? ¿Qué?

-Tengo la pierna entumecida. Está hinchada.

Vasil palpa en la oscuridad:

-¡Guau, guau! ¿Qué es esto? Duro como una piedra. ¿Duele?

-No. Extraño. No duele.

-¡Maldita sea! ¿Cómo ha pasado?

-Ves, no puedo dar un paso adelante. No hay otra salida, me pegaré un tiro. ¡Para qué molestar a los demás, y además sufrir yo!

El grupo se reúne a mi alrededor. La compasión es global. Todos quieren ser médicos. Deciden darme un masaje. Y mientras tanto, ya me he desatado una faja kilométrica. Dos de ellos se arremangan y esperan. Hago muecas de sufrimiento, listo para quejarme.

-¿Dónde está, dónde está?

Siento que se ha deshinchado. ¡Dios mío! ¿Es posible? Aquí se hinchó, allá se hinchó, por fin lo encuentro en el bolsillo del pantalón. Los magos que una vez se divirtieron con el famoso caballero de La Mancha, hoy habían apuntado su malicia contra mí. Convirtieron la hinchazón en un paño “perdido” para secar la cara, un par de guantes de lana y algunas otras bagatelas. Durante el día, mientras nos preparábamos a toda prisa, había metido, vaya saber cómo, todo en este bolsillo, que nunca me servía de nada, pues siempre estaba cubierto por la faja. El final fue una carcajada atronadora, olvidando toda precaución.

Después de medianoche alcanzamos el punto de nuestro destino y casi nos lanzamos el uno al otro en una habitación estrecha. Kalkandzhiyata, un famoso “chetnik”, oriundo de Odrin, me tiró del gorro:

– Acuéstate a mi lado, te contaré algo.

Y empezó a contarme una de sus muchas historias sobre capitán Pavle, nuestro original camarada, mientras manipulaba algo con las manos. Al cabo de un rato, me entrega algo en la oscuridad:

– Toma. Veo que no te está alimentando el salvado.

– Pero… ¡¿Qué es esto?! – Cómelo. Si no puedes ver con los ojos, mira con la boca. Te hago un regalo, te lo estoy dando “afrecho”.

– ¡Huevo! ¿Dónde lo conseguiste, Kalkandzhi?

– En la última parada. Dos: uno para ti, otro para mí. Estaban en el gallinero. Los cocí al vapor.

– ¿Y cómo? No nos quedamos mucho tiempo ahí, ni te vi junto al fuego.

– Lastima, ¿Esta es la opinión sobre la habilidad de Kalkandzhi?

– ¡Ladron!…

Dormimos, con los pies mojados estirados hacia el hogar. En el suelo, siento un fuerte dolor en mi desafortunada pierna izquierda. Pero esta vez la preocupación está más abajo. El fuego no solo secó, sino que también achico mis tsarvuli. Me levanto aturdido y extiendo la mano. Aquí, allá… por fin encuentro los ganchos, desenrollo las cuerdas y tiro el tsarvul seco. Casi calmado, me vuelvo a dormir. Pero, por la mañana, al levantarme, tenía el pie calzado. En cuanto lo vi, me volvió a doler… Y Georgi Danchev, de Varna ex cadete, buscaba su tsarvuli por todos lados:

-Miren, miren. ¡¿Cuándo me descalce?!

Habíamos intercambiado nuestros calzados, pero no nuestros destinos. Porque a los pocos días fui capturado por “varjovisti” y luego liberado. Y un mes después, él también fue capturado, Gueorgui fue decapitado. Intercambiamos nuestros calzados… ¡Ojalá hubiéramos intercambiado algo más! Posteriormente, los camaradas comenzaron a maravillarse con mi “dado suertudo”. El mayor peligro se estaba convirtiendo en una feliz aventura al lado mío…

Al terminar la crónica de ese día, debo presentarles a mis lectores a un camarada que mencioné anteriormente. Debo hacerlo porque lo prometí. El camarada había oído de camaradas más inteligentes, que yo había escrito libros. Y preguntó:

– ¡Vaya! ¿También vas a escribir sobre mí en la historia?

Así que tengo el honor: ¡Capitán Pavle o Pavle-capitán! Nació en algún lugar de la región de Yenidzhe Vardar y, al parecer, no tenía más de 37 o 38 años. Cabeza de caballo, con barba rojiza de brujo, pero casi sin bigote. Con el físico de una cabra durante un invierno hambriento y una estatura por debajo o por encima de la media, según el momento peligroso o seguro. Pavle comenzó su carrera como un bandido feroz, alcanzó el rango de líder y recibió el título de “capitán”. Sin embargo, surgió la organización revolucionaria, las cabezas de los bandidos comenzaron a caer y algunos se apresuraron a convertirse en “del pueblo”. Así, Pavle, el capitán, pasó a las órdenes de los “maestros”, maldiciéndolos en su alma por haberle quitado el “pan”.

Ingresó en el destacamento de Yenidzhe Vardar como soldado raso y recorrió el distrito, siempre quejándose de que no “puede pasar cuchillo”, no “puede pasar cuchillo

Desde entonces, solo se ha contado una hazaña del capitán. El destacamento se encuentra en una casa, en una aldea. El dueño de la casa donde se alojaban los chetniks se quejaba de que su padre, un anciano sacerdote, llevaba meses acostado en estado de seminconsciencia:

-Ojalá que muera pronto; ¡Hemos sufrido!

El capitán Pavle salió silenciosamente y se presentó en la puerta, donde el enfermo yacía solo, desplomado por una apoplejía. Pavle se quedó en el umbral y agarró su larga guadaña, que había sido arrancada de un soldado turco muerto:

– ¡Brr! -resopla, como siempre resoplaba para infundir miedo, y saca la guadaña un palmo.

El sacerdote se estremece de sorpresa y mira suplicante.

– ¡Brr! – El “arcángel Gabriel” resopla una vez más y saca la guadaña hasta la mitad.

El sacerdote hace un gesto de miedo, como si quisiera huir.

– ¡Brrr! – ruge el asesino por tercera vez y saca toda la guadaña.

El sacerdote, que había permanecido inmóvil durante tanto tiempo, salta de su lugar, pero su alma se apresura a volar. Y nuestro héroe regresa con su hijo:

– ¡Anda, ve a ver, y dame la propina!…

– Así, el capitán Pavle vaga durante un año o dos, hasta que sus camaradas le cuentan las maravillas de la libre “Bulgaria”. Empieza a cojear por “reumatismo”, la eterna excusa de los chetniks, y recibe una “licencia indefinida” o el despido “por incapacidad temporal”. Pero algunos internamientos con hambre por los cuatro rincones de Bulgaria curan el reumatismo, y aquí está el capitán de vuelta, con un uniforme que no es precisamente de capitán. Lleva un abrigo de algodón de media estación y las polainas de Arnaut, con una faja color vino, abrochada. Un sombrero negro de ala alta, parecido a un fez, apenas se sostiene sobre su enorme cabeza. En el sombrero brilla un león metálico amarillo, robado a algún “varjovist” en las posadas de Sofia, porque nuestros destacamentos no tenían insignias patrióticas. Dos hileras de cartuchos, cruzadas sobre el pecho, y una tercera en el cinturón, brillaban con pureza como tres serpientes doradas. Pero la prenda superior… ¡Ah!, ¡Eso por sí solo comprometía todas las bellezas mencionadas! Los sombreros eran demasiado pocos y Pavle, esperaba que se los proporcionaran más tarde. Llevaba un abrigo largo negro o, más precisamente, los restos de lo que había sido un abrigo. Estos restos consistían en dos mangas, unidas por una espalda perforada, además de algunos trapos colgando en la parte delantera…

Cuando nos deteníamos en un pueblo y descansábamos bien, Pavle-capitán se sentaba en el centro de la habitación al estilo turco, se metía una larga carabina en la falda, apoyaba la mano derecha en la rodilla -con el codo hacia afuera, al estilo intrépido- y canturreaba suavemente, de una manera bailante:

¡No sientas pena por

la vieja madre,

Pavleta oh,

capitán!

Y luego responde con voz ronca, como imitando el rugido de un oso:

-Mí madre es,

un bosque verde,

los muchachos jo,

¡nuestros héroes mo!

Y añade: – de Maleshevo, -porque gran parte de los presentes se quedará en Maleshevo.

Luego para la novia:

-Mí novia es

¡un rifle fino!

Y golpea la culata de su rifle.

Luego para la hermana:

-Mí hermana es

¡una guadaña!

Al oír esta palabra, la canción se interrumpe con un profundo suspiro. El cantante se vuelve hacia el oyente más cercano:

-Guadaña… Yo sin guadaña y sin rifle, soy una persona sin manos, ¡yajo-oj! Nadie llevaba guadaña, y Pavel no tenía a nadie a quien envidiar, pero algunos le envenenaban el alma con sus revólveres. Bajaba la cabeza y permanecía en silencio un buen rato, perdido en una especie de sueño pirata, solo para hacer un movimiento repentino, como si sacara una guadaña para matar a diez sacerdotes:

– ¡Brr!… ¡brrr!… ¡brrr!…

Y por la noche, cuando avanzábamos por un sendero más amplio, Pavel salía a un lado con su sombrero torcido y marchaba, mirando alrededor de la fila. Alguien tropezaba, tropezaba o caía, y él venía corriendo.

– ¡Camina recto, yajo, camina recto!

Así con uno, con otro, hasta que alguien más nervioso destroza las ilusiones del capitán con una patada en las rodillas…

El grupo fue a Maleshevsko y se dividió en tres partes. Algunos se quedaron allí con Vasil Popov a la cabeza, otros regresaron a Kochansko con Nikola Savov, y otros se adentraron más en el interior, a Poroysko, con Mihail Chakov, oriundo de Yenidzhe Vardar, ex profesor. Pavle-capitan también fue con este último, como compatriota de Chakov. Pero una noche escapó del destacamento y se dedicó a robar en sus lugares de origen. Allí, la organización lo atacó sin piedad. ¡Que la paz lo acompañe!…

Y ahora, para que quede claro, también contaré el final de esta primera o de “prueba” caminata por Macedonia: el regreso. Liberado del cautiverio de la Varjovna Rada, me dirigí hacia Bulgaria y me acercaba a la frontera. Allí estaba en un barrio del pueblo de Ilyovo, otra casa aislada en una colina pelada. Para que los niños no me vieran, los dueños los habían enviado a algún lugar. El patrón estaba arando cerca, y la patrona fue al cementerio, porque era el Día de los Fieles Difuntos durante la Cuaresma. Yo estaba tumbado junto a la chimenea leyendo “Fausto”. De repente, no muy lejos de la puerta, alguien gritó en búlgaro con acento turco:

– ¡Yovan, Yovan, te has ido! Yovanice…

Me levanté y miré por la puerta entreabierta. Venía el guarda del pueblo –un turco- porque Rusia y Austria aún no nos habían beneficiado con las así llamadas “reformas de gendarme”. Con un fusil al hombro y un cuchillo de carnicero en el cinturón, estaba a solo unos pasos de la casa. Al instante encontré el único escondite: detrás de la puerta, donde me escondí con un revólver en la mano.

– ¡Donde están, che Patrón… patrona!…

Empujó la puerta, entró con un pie, sin verme, porque la delgada tabla nos separaba, y murmuró:

-Nadie.

Estaba completamente concentrado, consumido por un solo pensamiento, dispararle en cuanto apareciera frente a mí. Jadeaba, apoyando mi mano derecha, armada y medio levantada, con la izquierda. Pero en ese momento, el perro ladró desde el campo donde el dueño araba, y el guarda retrocedió.

-¡Por Dios, Yovan, estás ahí, donde te ocultas!

-¡Ven, ven tú mismo! -gritaba el patrón-. ¡Ven! ¡Jú, jun, bribón! -le gritaba al perro para que parara.

Y el turco fue, recitando en voz alta su asunto. Al cabo de un rato, el dueño se santiguó en el umbral

-¡Gracias, Dios mío, gracias! Este sábado santo me ayudó. Lo mandé a buscar pan a otro sitio. No hay horneado, le digo…

Por la noche, el mensajero permanente de la organización, Pashote, vino y me pidió que lo dejara ir, porque tenía trabajo al día siguiente. Trajo a su ayudante para que me llevara al río Bregalnitsa. Allí, como se había ordenado, me esperaría otro mensajero del pueblo vecino, porque aún había tiempo para cruzar el río esta misma noche y seguir mi camino.

Nosotros caminábamos por un camino ancho a través de un bosque de robles u olmos, a veces ralo, a veces denso. Soplaba un cálido viento del Mar Blanco desde el sur; la luna apenas se veía como un punto plateado en el cielo brumoso. Era fácil y agradable viajar a través de la oscuridad transparente. Pero el guía permanecía silencioso y tímidamente distraído. Le digo una cosa, él responde otra, quién sabe qué, y repite que los turcos son cada día más astutos y que los lugares por los que caminamos son muy peligrosos. Y por eso el hombre se estremecía al menor ruido y miraba a su alrededor. En un momento dado, dos o tres hogueras se encendieron a la izquierda entre los árboles, pequeñas pero brillantes, como si alguien fumara un cigarrillo hacia nosotros. El guía se tiró al suelo:

– ¡Acuéstate, acuéstate! emboscada…

Miré a mi alrededor y le expliqué que probablemente eran hogueras de pastores, en algún lugar muy, muy lejano. Pero ¿quién escucha? El hombre se acostó, presta oído y no se levanta. Para bien o para mal, volvimos a partir, pero aquí estaba, después de 20 o 30 pasos:

– Pará un poco.

Se metió entre los arbustos, supuestamente por algún asunto, y se adentró tierra adentro. Lo comprendí todo al instante, me senté en el suelo y encendí un cigarrillo, con la cabeza dando vueltas.

No pude avanzar por desconocer el camino, así que empecé el camino de vuelta. Pasada la medianoche, regresé a Ilyovo, pero no llegué al barrio y me dirigí a otro, compuesto por cinco o seis casas. Tras deshacerme de los perros, contra los cuales me ayudé con una estaca arrancada de un seto, y de la gente a la que tuve que mostrar mi arma, encontré al mensajero Pashote. Durante el día, tras buscarlo dos o tres veces, no encontré al guía fugitivo. El mensajero que debía esperarme por la noche en Bregalnitsa tampoco había salido. Se lo comunicó al hombre que le habían enviado para decirle que también debía salir la noche siguiente. El hombre había abandonado la antigua organización y se iba a unir a la nueva, es decir, a los verjovistas. En otro lugar, el lector verá cuán desmoralizada estaba la región de Kochanski en ese momento, escenario de una lucha interna entre verjovistas y centralistas.

Enviaron a un segundo hombre para decirle al que había renunciado a la “vieja” organización que debía ir al río si no quería sufrir daño. Y yo estaba listo para volver a viajar. Ese día me hablaron de un anciano, digamos un “ilegal”. Un guardia lo vio disparando a un conejo con un rifle de chispa y lo persiguió por violar la ley de porte de armas, por lo que se escondía. El kaymakanim, informado del incidente, le pidió al “criminal” que abandonara el pueblo, y los aldeanos decidieron ocultarlo por completo. Comprendieron que si el anciano caía en manos turcas, no era de extrañar que se revelaran cosas desastrosas: había visto grupos llegando al pueblo y conocía a gente armada. Tras tres meses escondido, el anciano se había cansado de todos. En ese momento estaba en la aldea donde yo estaba, y los aldeanos preguntaron si no sería mejor deshacerse de él matándolo. Pedí verlo y lo trajeron.

Un hombre enorme pero demacrado entró en la habitación, con un sombrero peludo tan grande como un balde y un abrigo negro que fácilmente cubriría a tres personas. Se tambaleó hacia el fuego sin decirme “buenas noches” me miró un momento con los ojos muy abiertos, sin expresión alguna en su rostro embarbecido, luego, de repente, movió la cabeza

– ¿Cómo estás?

– Bien. ¿Qué dices?

– Mm… dame un poco de tabaco.

Y sacó su pipa.

– ¿Puedes seguir trabajando, abuelo?

– ¿Porqué? Sí, puedo.

– ¿Quieres que te lleve a Bulgaria?

– Tengo una hermana en Rakovo.

– Se casó y se fue a Rakovo -añadió Pashote-; tiene veinte años.

Este pueblo está justo al sur de la frontera con Bulgaria y mi camino estaba por ahí.

– ¿Quieres que te lleve, abuelo? ¿Quieres que te lleve?

– ¡Pues no se!

Y cuando oscureció bien, partí con Pashote y el anciano.

No encontramos al mensajero que nos habían pedido en Bregalnitsa. Había enviado a un chico de unos 17 o 18 años a esperarnos allí, un desconocido o uno de los suyos, no lo recuerdo. Solo vino a decir que, supuestamente, el mensajero se había descompuesto de repente.

– Entonces, sabes el camino, vendrás tú con nosotros.

– No me lo dijo.

– ¡Vamos!

– No iré…

– Pashote, dale dos palos para que empiece andar.

Pero la aceptación del chico precedió a los palos. Pashote también vino con nosotros para aprender el camino al otro lado. Cuando cruzamos el río Bregalnitsa, que nos llegaba hasta la cintura, el pequeño guía determinó una recompensa por su servicio:

– Cuando vayas a Bulgaria, envíame una buena librea.

– !Ni hablar! ¡Dos!…

Así llegamos finalmente a la zona entre los pueblos de Vetren y Saza, en las montañas de Osogovo, con solo tres o cuatro horas para llegar a la frontera que bordea la cresta. Si hubiera girado hacia Vetren, ya estaría en Bulgaria; pero dicho pueblo era un puesto de control verjovista y ninguno de los nuestros se atrevía a ir allí. Saza, hasta hacía tres semanas una segura puerta de entrada para la organización, también estaba disgustada. Y elegí la zona donde servía ese héroe Mile, a quien muchos recuerdan como un mensajero fronterizo indispensable. Pero él también me hizo esperar dos días, porque me había tomado por un verjovista. Pasé esos dos días con el abuelo en una casa en lo alto de un bosque, bajo el cual rugían torrentes de agua.

Como no tengo nada que hacer, me tiendo bajo el sol entre los arbustos o desbasto bastones. Envuelto y encapuchado en su capa, mi camarada no me deja en ningún momento. Así, acabo de levantarme, y él viene y se sienta frente a mí.

– ¡Dónde estás! Dame un poco de tabaco.

En ese momento estoy clavando en la tierra un palo roto que parece una П.

– ¿Qué es esto?

– Un arco de triunfo, abuelo. Los búlgaros están haciendo uno así en la frontera ahora, para darnos la bienvenida, a ti y a mí… ¿Sabes a que se le llama un arco de triunfo?

– ¡Pues lo veo!: ¡una horca! Lo vi en Kochani cuando ahorcaron a alguien: tenía el cuello estirado, como un pavo… La cuerda estará arriba, un balde abajo. Pisarás en el balde…

– Deberías pisarlo tú, porque ya estás viejo.

– Tú, tú… -el abuelo se balancea- porque empezaste a divertirte, idiota.

– ¡Mira vos cómo era!

– Dame un poco de tabaco…

Al anochecer empezó a llover y nos fuimos a casa, esperando que apareciera Mile para ir a la frontera. Yo estoy agachado junto a la chimenea, fumando un cigarrillo tras otro. Mi viejo está sentado sobre una rodilla, con la capa y la gorra peluda a un lado, como un enorme perro pastor parado sobre sus patas delanteras. En la otra esquina de la chimenea, el dueño contaba perezosamente la historia de cierta “disputa” suya, que llevaba muchos años con un turco de Tsarevo Selo. La dueña corría desbocada por la casa, haciendo sonar ollas y sartenes. Los niños, como siempre, se los habían llevado a algún sitio.

-“¡Ja, ja!”, gritó alguien desde fuera, defendiéndose del perro, apenas un cachorro.

Pensamos que era un mensajero. Antes de que nadie pudiera levantarse, la puerta se abrió y un hombre de mediana edad apareció ante nosotros, vestido como un turco de ciudad, con un fez alrededor del cual se ataba un fino pañuelo de colores. Al verme junto a la chimenea, vestido de ropa no de acá y con un arma en la cintura, el recién llegado se quedó paralizado. Era un conductor contratado que transportaba losas o piedras entre una cantera cercana y Tsarevo Selo. La casa del dueño le servía de alojamiento cuando se le hacía tarde. Había dejado el coche desenganchado y solo se dio cuenta cuando lo calmamos. Cuando nos quedamos solos, el dueño razonó:

– Ese hombre debe estar asustado. Es un hombre bueno, pero no uno de los nuestros… Hay que asustarlo y hacerlo llorar, para que no diga que vio algo…

– ¡A degollarlo! —votó el abuelo.

Cuando el invitado regresó, le indiqué un lugar junto a la chimenea, crucé las piernas al estilo turco, le eché una bocanada de humo de tabaco encima, hice una mueca como si hubiera masticado un ají picante entero, hice sonar algunos cartuchos en la mano y le hablé palabra por palabra. -Y tú, amigo mío, cuando me ves aquí, con este traje, con pistola y todo, ¿qué piensas, eh? ¿Qué clase de persona soy?

– Eh… un hombre bueno…

– Bueno, ¿has visto a gente como yo antes? ¿Sabes a qué nos dedicamos?

Después de un cuarto de hora, saqué “Fausto” de mi bolso y lo besé piadosamente, luego crucé las armas y comencé el juramento. El “bautizado”, con la cabeza descubierta, levantó la mano derecha y repitió con voz temblorosa:

– Juro… Juro… en nombre de… fim`tu-na… mi santa fe, – s-s-s… ¡mi santa fe! – s`ta`ta`m`faith… Etc.

Al final, el recién jurado besa el “evangelio” y el arma, luego todos los presentes besan solo el evangelio y, estrechando la mano del nuevo “hermano”, lo besan en la boca y dicen felicitaciones. Apenas habíamos terminado la ceremonia cuando llegó el mensajero Mile. Al despedirnos, mi “ahijado” empezó a hablar:

-Bueno, de verdad eres bueno. Me persignaba y pensaba: Me matará. Ahora sé que no eres malo… ¡Vamos, buen camino!

Partimos hacia la frontera a través de colinas y valles. La lluvia había parado y las densas nubes negras corrían hacia el norte, para llevar parte a los campos libres de Bulgaria. La luna aparecía de vez en cuando y entonces parecía que no eran las nubes las que se movían, sino ella, precipitadamente, en dirección contraria. Sin embargo, nuestra tarea era cruzar la frontera antes de que el explorador celestial descendiera tras la casa de huéspedes de Tsarevo Selo.

El mensajero delante, yo detrás de él, cuatro o cinco pasos, y finalmente el abuelo, a quien se le ordenó mantener la misma distancia. Si el mensajero se detiene, yo me detengo, el abuelo también se detiene; si el mensajero se tumba, yo me tumbo, el abuelo también se tumba. Me detendré y nos acostaremos cada uno en su sitio, sin acercarnos al otro. Eso era por si nos topábamos con una emboscada, para no convertirnos en blanco del enemigo. Pero si nos deteníamos en algún sitio, el abuelo me saltaba a los hombros: ¡Qué pasa! Y sombras inquietas vagaban por la oscuridad con demasiada frecuencia. Una vez, al acostarme, el abuelo se abalanzó sobre mí y casi se me echó encima. Exhortaciones, persuasiones, súplicas, amenazas… nada sirvió. En un momento dado, pasamos por unas chozas. Le susurramos al anciano que era necesario el máximo silencio. Y quizás precisamente porque le advertimos, realizó algunos trucos vertiginosos… No dimos ni diez pasos, algo revoloteó detrás de mí; cuando me di la vuelta, el abuelo ya estaba allí. Apenas lo había visto así, y ya se había puesto de pie… ¡Qué!… ¡Y entonces saltó y se desplomó con un gemido agudo! Corrimos hacia él:

-¿Qué haces, hombre?

-Me duele el corazón.

-¿Cómo te duele?

-Así se te pasara.

Y cambiamos el orden: el mensajero primero, el anciano en medio y yo al final, acortando la distancia y corriendo hacia adelante, porque los perros de las cabañas ya ladraban irritados. El “mago” se olvidó e intentó saltar una vez más. Pero lo tiré del rifle y no lo consiguió.

Pasada la medianoche ya estábamos en la frontera, mejor dicho, en los puestos turcos, porque aún faltaba una hora para la frontera territorial, o la divisoria de aguas. Ahora teníamos que vigilar a las dos patrullas turcas, que patrullaban su zona una frente a la otra. Cruzaríamos la línea cuando uno de ellos pasara y se alejara. Me tumbé detrás del tronco de un árbol, alrededor del cual había un arbusto abundante de brotes. El anciano estaba sentado detrás de un espino, a unos diez pasos de mí. Desapareciendo entre las sombras de los arbustos, tuvimos que esperar a que regresara Mile, que había salido de reconocimiento. Con la frente apoyada en la mano, casi me dormí cuando la espina silbó:

– ¡Askeri!

– ¡Silencio!

Para cuando vi las sombras de los tres soldados con batas blancas y fusiles al hombro, el abuelo ya se había enrollado a mi lado:

– ¡Askeri!

Con la agilidad diabólica de la ira descontrolada, me encontré sobre la espalda de mi camarada. Como para desahogar toda la bilis que había acumulado en el camino, lo pisoteé y lo estrangulé con las rodillas y las manos. Gimió debajo de mí y rio entre dientes. A cincuenta pasos de nosotros, la patrulla turca pasaba tranquilamente. Quizás en nuestro descuido, guardábamos silencio instintivamente. Cuando el mensajero regresó unos minutos después, yo seguía presionando la cabeza canosa del anciano contra el suelo. ¡Qué grosero me había vuelto y qué asqueroso me resulta ahora este recuerdo!

Cruzamos la peligrosa línea casi arrastrándonos, cruzamos la cima y salimos a un sendero ancho. Solté a Mile para que regresara y comencé a bajar, perseguido por mi abuelo. Bulgaria… aquí estamos en suelo búlgaro y si hubiera estado menos cansado, probablemente habría sentido algo…

En un campo junto al camino vimos un montón de paja y nos enterramos allí para descansar hasta la mañana. Era bastante tarde cuando el anciano me despertó. Arrastraba lentamente mi mochila, sobre la que había apoyado la cabeza:

-Duerme, duerme. Dije por el pan.

-¿No tienes?

-Me lo comí. ¡Cuánto era!

Saqué mi pan, saqué un trozo de queso, saqué un paquete de azúcar con menta, saqué todo lo que tenía para comer y se lo di a mi compañero. Se lo di con ingenua amargura y me senté a verlo estirar el cuello y entrecerrar los ojos, tragando los grandes bocados secos. Seguimos caminando y debimos de pasar por lugares maravillosamente pintorescos. Pero no miraba nada -y si miraba, no vi-; muchas sensaciones desagradables me atormentaban. Una hora después, un montón de casas apareció a la derecha en un valle. Según las indicaciones que teníamos, era Rakovo.

-Bueno, abuelo, aquí está tu camino. Aquí tienes dos monedas, ¡y mucha suerte!

-El abuelo miró a su alrededor, contempló el pueblo un minuto, luego me miró a los ojos. Sentí que su alma lloraba lágrimas de sangre. Su alma probablemente se preguntaba: ¿por qué nació, por qué vive y en qué vertedero va a morir? Cuando le di el dinero, quiso besarme la mano, pero la aparté y apenas pude decir:

-Abuelo, perdóname…

Y al agacharme, mis lágrimas cayeron sobre su vieja mano. Durante un largo rato observé al desafortunado hombre colgando sus piernas pendiente abajo y luego giré para rendirme ante el guardia cercano para encontrar un camino más suave hacia Kyustendil.